miércoles, 8 de enero de 2025

Serie Love Letters - S.J. Tilly


Maddox Lovelace. El cautivador jugador de fútbol que conocí en la universidad.
Al que solo conocí durante una semana. Una semana que… cambió mi vida.
Hasta que sonó mi teléfono y no tuve más opción que irme a casa.
Le dejé una carta a Maddox, plasmando mis sentimientos en un papel, dándole mi número, esperando que me llamara.
Pero no llamó.
Nunca llamó.
Lo reclutaron para la liga profesional y vivió como un rey mientras yo me quedaba en casa y peleaba por mantenerme a flote.
Puede que haya seguido su carrera, pero ahora que se retiró del fútbol, me obligué a dejar de pensar en él.
Y está bien que no lo vuelva a ver más. Esa semana en la universidad fue hace quince años.
Ya no estoy enamorada de Maddox.
Puede que incluso lo odie.
Maddox


Hannah Utley. El nombre que me persiguió desde mi último año de universidad.
La chica que me llamó la atención con sus ojos grandes y su nariz pecosa.
La que pasó una semana retorciéndome las entrañas hasta que me robó un pedazo del corazón la noche en que nos encerraron en la biblioteca del campus.
La chica que desapareció sin decir palabra.
Es el nombre de la chica que he estado tratando de olvidar durante quince años.
Y es el nombre que me ve desde el currículum que tengo en la mano.
Porque Hannah Utley trabaja para la empresa que acabo de comprar.

Y eso la convierte en mía. Le guste o no.

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Tenía ocho años cuando Nathan se mudó.
Era mi mejor amigo.
Mi único amigo.
Mi refugio.
Y entonces se fue. Y mi vida se convirtió en un infierno.
Pero sobreviví.
Me liberé y forjé mi propia vida.
Y traté de olvidar al chico que se convirtió en Nate Waller, el famoso jugador de fútbol americano retirado.
De verdad que intenté olvidarlo.
Pero entonces abrí la puerta, mientras trabajaba en casa de un cliente, y estaba allí. De pie frente a mí.
Mi viejo amigo.
Mi confidente involuntario.
Mi Nathan.
Excepto que... no me reconoció.

Nate

La pequeña pelirroja con curvas me llamó la atención en cuanto la vi.
Y supe que necesitaba tenerla.
Necesitaba conocerla mejor.
Necesitaba tenerla en mis manos.
Pero cuando lo hice.
Cuando gimió mi nombre. Mi nombre completo. Todo volvió de golpe. Habían pasado veinticinco años, pero en ese momento por fin la reconocí.
Mi Rosie.
Mi amiga de la infancia.
Puede que me haya olvidado de ella. Pero ahora la recuerdo.
Y esta vez no la dejaré ir.

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La atrapé mirándome desde el otro lado del patio, con los ojos fijos en la camiseta de fútbol que se extendía sobre mi ancho pecho. Y si flexionaba los músculos, mostrando la fuerza de un tackle defensivo, fue solo para verla sonrojarse.
Y entonces lo hizo, y no pude sacármela de la cabeza.

Sus ojos abiertos. Las pecas en sus mejillas.
Necesitaba conocerla. La chica que salía corriendo cada vez que nos encontrábamos, por accidente o por casualidad. La chica que tímidamente aceptó ir a mi partido, probando su primer contacto con el fútbol. La chica, Hannah Utley, que trabajaba en la biblioteca del campus y que me dejaba apoyar la cabeza en su hombro mientras me leía en una de las salas de estudio.

Era inocente. Casi.
Hasta que perdimos la noción del tiempo y descubrimos que la biblioteca cerró. Y que estamos encerrados.
Ahora somos Hannah y yo entre las estanterías.
Solos.
Sin nada más que deseo entre nosotros.

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